Nuestra vida es un continuo buscar de excusas.

Cuando pequeños buscamos excusas ante nuestros padres por nuestro mal comportamiento.

Cuando comenzamos a estudiar buscamos excusas ante nuestros profesores por no haber realizado los deberes o llegar tarde a clase.

¿Debemos ser sinceros al dar una excusa?

¿Debemos ser sinceros al dar una excusa?

Cuando empezamos a trabajar buscamos excusas ante nuestro jefe para conseguir un día libre, un aumento de sueldo, etc…

Cuando salimos de “juerga” o “llegamos tarde a casa” buscamos excusas “creíbles” ante nuestra mujer.

Y etc… etc… etc…

La historia de hoy trata de dos estudiantes que la noche anterior a un examen se marchan de juerga y por la mañana, independientemente de no haber estudiado, se quedan dormidos, sin embargo ellos, deciden ir a hablar con el profesor y contarles que tuvieron que marcharse al pueblo porque el padre de uno se había puerto muy enfermo y de vuelta, por la mañana, habían pinchado una rueda del coche.

El profesor entendió la excusa y les dijo que aquella misma tarde les haría el examen a ellos dos solos. Durante el examen de por la tarde les comentó que solo les haría dos preguntas, la primera marcaría el 10% de la nota y la segunda el 90% restante.

El profesor cogió y a cada uno de los alumnos los puso en una clase distinta, pero lo que más les llamó la atención a los dos jóvenes es que no les obligara a dejar los libros y todo lo que llevaban fuera del aula.

Los muchachos, en clases separadas, se sentaron y dieron la vuelta al papel en el que encontraban las dos preguntas.

La primera de ella, no era nada difícil, con lo que ya tenían ese diez por ciento de la nota garantizado, sin embargo…

Se quedaron petrificado cuando leyeron la segunda pregunta:

“¿Que rueda es la que habéis pinchado?”

Como dice el dicho, el profesor “Antes de fraile había sido monaguillo”

Hay excusas que son apasionantes y totalmente creíble. En cambio otras, aunque sean ciertas, dejan mucho que desear, incluso puede ser peor la excusa real que inventarse otra.

Esta es una historia real de la cual yo fui testigo, por lo tanto, no me  la cuenta un amigo de un amigo.

Fue en mi época de estudiante, me encontraba en el instituto Cánovas del Castillo de Málaga

Había una muchacha en nuestra clase, que faltaba, en especial, a primera hora o siempre llegaba tarde y ponía excusas de lo más tontas, entre ellas: “es que el ascensor de mi casa ha tardado mucho en llegar.”

En una ocasión, la profesora, se llamaba Ana y era de Zamora y nos daba Historia, le recriminó que el día anterior, no había venido.

Nuestra compañera, se levantó y cerrando el puño de una de sus manos, dejó extendido el dedo corazón, en el cual había una “tirita”, mientras decía: “Es que me mordió un mono”.

– ¡Salga usted inmediatamente de la clase y hasta que no vengan sus padres a hablar conmigo, no vuelva! – Dijo Ana, la profesora sin dejarle decir más.

El dedo central extendido daba a entender otra cosa y la escusa era un tanto rara ya que es complicado que en Málaga, te ataque un mono salvaje y te muerda. Sin embargo, en esta ocasión, la excusa era cierta y le había mordido un “monito”.

Según se sale de la zona universitaria de “El Ejido” (“Elegio” como se dice en Málaga) en dirección al centro, pasas por la calle Dos Aceras, a mediación, aproximadamente, a la altura del instituto Gaona, por el año 1975 existía una “pajarería” que vendía todo tipo de animalitos y entre ellos un “monito” que tenía dentro de una jaula y expuesto en la puerta del establecimiento y este fue el mono que le mordió.