Según cuenta la leyenda, el diablo andaba por tierras de la ciudad española de Cuenca con la intención de arrebatar el alma de algún desafortunado ser humano que se topara con él.

Andaba en esos menesteres cuando se topó con el que la leyenda da el nombre de Don Diego, un apuesto joven del lugar.

Considerándolo, el demonio, una victima propicia, se transformó en una bella mujer, pero no pudo hacerlo completamente, quedando sus pies comos lo de una cabra.

Eso no le preocupó y pensó que poniéndose una falda lo bastante larga podría disimularlo.

Consiguió engatusar al pobre Don Diego que, aunque no lo pensara, tenía a su favor que el día estaba lluvioso.

En la parte inferior de la cruz se puede comprobar una zarpa de largas uñas representada en la cruz.

El joven, todo un caballero, para evitar que la dama se mojara la cogió en brazos, y al hacerlo quedaron al descubierto los pies del diablo.

Aunque realmente este punto no está muy claro, ya que según otra versión de la leyenda, realmente, el diablo-mujer, que dicen que se llamaba Diana, le pide al mozuelo que le haga el amor, y en el fervor pasional de los momentos previos es cuando descubre lo extraños pies de doña diana.

En una cosa si coinciden las dos versiones, en que «hacía un día de perros«.

Pero fuera como fuera, el caso es que Don Diego huyó, nunca mejor dicho, «Como alma que sigue el diablo«, ya que realmente este no se quedó quieto y comenzó su persecución, hasta que el buen mozo llegó a una cruz en la que apoyó su mano, y consiguió salvarse.

La leyenda no deja muy claro el motivo, pero el diablo también se apoyó en ella.

Aquella cruz se encuentra en la Ermita de la Virgen de las Angustias, y aún hoy se puede ver por un lado de ella, grabada, la mano de Don Diego, y por el otro la zarpa demoníaca del aquel ser convertido en bella damisela.