Una de las leyendas clásicas relacionadas con profesionales que terminan su trabajo y no cobran es la del albañil al que le contratan para realizar una chimenea en el salón de un acaudalado empresario.

Una vez hubo terminado, el acaudalado le dijo al obrero que en ese momento no disponía de dinero en la casa y que ya le avisaría para que pasara a cobrar, a lo que le respondió que entonces no podría usar la chimenea hasta que no le pagase.

El albañil se marchó y al cabo de aproximadamente una hora, el cliente le llamó para decirle que tenía todo el salón lleno de humo y que la chimenea no iba bien.

-¡Ya le advertí que no podría usar la chimenea hasta que me pagase – le dijo – en el momento en que lo haga, su chimenea funcionará perfectamente.

El empresario se comprometió a pagarle en el momento si iba ahora mismo, el obrero lo hizo y cuando recibió el dinero se subió al tejado con un ladrillo que lo lanzó por el hueco de la chimenea rompiendo de este modo el cristal que había puesto en su interior.

Es evidente que no era la primera vez que le encargaban un trabajo y no se lo pagaban, por lo que tuvo que recurrir al ingenio.

Se trata de una leyenda urbana, sin embargo, recuerdo que cuando empezó todo esta historia de los ordenadores y que las empresas querían informatizar todo, un amigo programador, me comentó que cuando vendía un programa a «plazo«, es decir que el comprador se comprometía a pagarlo en varias veces en fechas ya pactadas, él le colocaba una rutina en la que en las fechas de pago, solicitaba una clave, si el empresario no había realizado el pago, mi amigo no le daba la clave.